Dejamos tantas palabras suspendidas en el aire que decidieron desaparecer. Yo pensé que tú eras una personal real y que todas las cosas que guardabas en ese baúl eran verdaderas. Me sentía como Cristóbal Colón cuando te descubrí. Encontré en ti una persona maravillosa con la que cualquiera hubiese querido estar. Tenías los defectos más hermosos a mis ojos. Poco a poco nos fuimos entendiendo. No era necesaria una etiqueta que sólo duro seis meses. Nos dimos cuenta que era mejor ser libres. Siéndolo disfrutábamos más. Nos decíamos que nos queríamos y nos sentíamos culpables de decirlo porque no éramos nada. Pero era un crimen especial que nos hacía encontrar la paz. Pasaban los días y yo vivía perdida. Una mirada que ignoraba cualquier otra excepto la tuya. Ya no quería encontrar y descubrir a nadie que no fueras tú. Eras mi único tesoro. Tan iguales. Tan compatibles. Dos locos perdidos en su propia historia. Tan perdidos que disfrutábamos los silencios. Esos silencios que la gente suele odiar. Para nosotros era un sonido hermoso: el sonido de nuestro amor. Esas palabras que salían de nuestros labios. Esas ganas tan reprimidas que se querían liberar en cuanto nos viéramos. Tú decías que hacíamos magia, que a pesar de todo la intensidad de nuestro amor seguía intacta. Que pudiéndonos engañar no lo hacíamos. Un día me reclamaste que por mi culpa esa magia se había desvanecido porque yo no quería continuar. Decidí terminar porque a veces tus palabras me hacían daño. Hubo meses en los que sin ser nada, nos seguíamos cantando amor. Y a pesar de no ser nada, yo te quería más y más... Pero tú venías y me cambiabas el cuento. Me hablabas como si nada de lo que pasamos hubiese existido. Me dolía mucho. Por eso decidí cerrar el telón.
Todas esas horas que gasté pensando en ti pude haberlas invertido en algo más productivo. Me engañaste. En resumidas cuentas, la persona que creí conocer no eras tú. Descubrí quién eras y dije para mis adentros: tanto tiempo creyendo conocer a esta persona y no sé qué hay dentro de ella. Tantas lágrimas derramadas por una persona que pudo haberme mentido lo que sentía, decía, pensaba, soñaba y... no sé cuántas cosas más. Fui muy ingenua. No conocía mis síntomas. Estaba enamorada. Enamorada a una edad muy infantil. Fuiste un libro muy extenso que hoy cierro. No lo volveré a abrir jamás. Me enseñaste demasiadas cosas. Pero todo tiene un fin. Ya no te deseo el mal. Todo se hace por algo.
Hoy decidí emprender un camino, pensar y actuar. Hoy te dejé volando en la carretera. Le metí más velocidad a mi auto para asegurarme de que no puedas alcanzarme una vez más.
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