Estoy justo en una mecedora. Aquella que no usé por tanto tiempo. Ya había olvidado la relajación que emanaba al tener contacto con mi piel. Pero el reloj de mi celular indica que son las 3:08 a.m. y es nefasto no poder dormir. Me deslicé de la cama y aquí terminé: en la mecedora. Siento como mi cuerpo se mueve siguiendo el patrón de mis sentimientos, cómo mi corazón sigue soportando estos suspiros tan prolongados.
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